Dejamos atrás Bercianos, para adentrarnos de nuevo en la llanura. Tras siete kilómetros y medio de recorrido llegaremos a El Burgo Ranero, solitario en medio del páramo. Se trata de un final de etapa que cuenta con servicios de todo tipo. Su única calle, denominada inicialmente como Camino Francés, cambió su nomenclatura por la de Calle Real. A partir de este pueblo comienzan a verse las primeras pallozas, viviendas de piedra de planta circular y tejado hecho con varas de centeno, que albergaban en su interior a una familia y a su ganado vacuno. En honor a su nombre, los alrededores de El Burgo Ranero son en invierno, un terreno húmedo, donde aparecen multitud de ranas. Se trata de un pueblo con características típicas del Camino en Castilla, con estructura en forma de espina de pez y cuenta con un moderno refugio en la calle que coincide con el trazado de la carretera.
El solitario trayecto cruza el arroyo del Olmo, donde hay una fuente y un área de descanso. Elías Valiña, el gran valedor del camino en los últimos años, nos recuerda lo siguiente: “Tu horizonte sólo lo delimita la esfericidad del planeta”.
Aún no hay comentarios.
Suscripción RSS a los comentarios de esta entrada. TrackBack URL