El suelo empedrado, que cubre la Calle Real en su totalidad, se extiende desde el Puente de los peregrinos, hasta el extremo opuesto de Molinaseca, marcado éste por el Crucero del Santo Cristo. Esta arteria palpitante del pueblo, marca la estructura de la villa, en espina de pez, y es la encargada de marcar el ritmo vital de todos sus vecinos.
Con todas las casas alineadas y muy juntas, apenas separadas por callejones estrechos, más que avanzar, la sensación es la de ir abriendo una senda por el interior de Molinaseca. Un interior que se resquebraja para mostrarnos los momentos vividos por esas casas blasonadas, los palacetes, las torres y los escudos nobiliarios. Historias que resaltan la importancia de este pueblo de gran tradición jacobea, amable tanto con ricos, como con pobres. En esta misma Calle Real tenemos pruebas de esa afirmación, con la visión del antiguo hospital de peregrinos y leprosos, hoy rehabilitado y la del caserío que utilizaba Doña Urraca para descansar en sus idas y venidas a Galicia.
Varias construcciones, de nombres destacados en la tradición nobiliaria de Molinaseca, como la casa fuerte de Balboa, la casona de Pelegrín, el palacio de los Cangas y Pambley o el solar de los Valcarce-Osorio, vienen a hablar de las glorias pasadas. El número de locales comerciales, restaurantes, mesones y casas en perfecto estado transmite, sin embargo, la pujante realidad de Molinaseca, un oasis en el camino tanto hoy como ayer.
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