Nos enfrentamos a un duro tramo del camino, tanto por su extensión, de dieciséis kilómetros y medio, como por las numerosas piedras y cantos que encontraremos a nuestro paso hasta llegar al destino: Calzadilla de la Cueza. De hecho, hay quien considera este trayecto como un auténtico rompe-pies.
Es aconsejable ir bien provistos de agua y comestibles, pues entramos en una zona en la que será difícil reponer provisiones. El sol también puede convertirse en un terrible enemigo, debido a las escasas zonas de sombra en las que encontraremos cobijo.
Al poco de comenzar el recorrido contemplaremos las ruinas de la Abadía de Benevívere que, sin duda, resaltan en medio de la llanura castellana.
Avanzando siempre en línea recta y rodeados de trigales, la aparición de dos robustas encinas, separadas entre sí por más de tres kilómetros, serán la única pista que nos indicará que estamos en la buena dirección. Enseguida comenzaremos a divisar la torre mudéjar del cementerio de Calzadilla, que nos avisará de que todavía quedan unos dos kilómetros para llegar a la villa.
Una antigua calzada romana, denominada Vía Aquitania, que comunicaba Burdeos con Astorga nos adentra en Calzadilla de la Cueza. Típica población de Tierra de Campos que debe su nombre, precisamente, a este camino pavimentado. Construido en el medievo para los peregrinos que se dirigían hacia Santiago, su suelo irregular de piedras, todavía hoy conserva el mismo encanto que entonces. Durante la caminata se sucederán numerosos marcos pétreos que señalizan el lugar donde estaban ubicados, antiguamente, los numerosos hospitales que poblaban la zona.
A lo largo de este trayecto se podrán contemplar construcciones características de esta zona como son los palomares, las pistas de arcilla roja o las construcciones en ladrillo y adobe.
También será posible avistar el ave propia del páramo, la Avutarda. Una especie cuya población ha descendido de forma importante durante los últimos años, pero que congrega en la península casi la mitad de su población mundial. Su plumaje, marrón terroso y blanco, y su vuelo pausado y siempre en bandada, la hacen fácilmente reconocible.
Entre los monumentos que no se pueden dejar de visitar, se encuentra la Iglesia parroquial de San Martín, de tapial y ladrillo. En ella, observarán innumerables cruces de Santiago, huella de la presencia en la zona de la Orden de Santiago.

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