La actual catedral de León, de marcado estilo gótico clásico, esconde tras de sí un complejo proceso evolutivo, que ha derivado en su aspecto actual.
En este mismo lugar existieron otras construcciones anteriores. La primera de ellas se remonta a la época romana, cuando la Legio séptima construyó en este mismo lugar las termas y algún otro edificio del que nada queda. No sería hasta los tiempos de la Reconquista cuando se decidió convertir aquellas primeras edificaciones romanas en un palacio real.
Fue Ordoño Segundo, una vez conseguido el trono de León en el año novecientos dieciséis cuando, tras una victoria contra los musulmanes, y en agradecimiento por la ayuda divina recibida, decidiría que se levantase en ese mismo lugar una catedral. Así se hizo y a finales del siglo diez León contaba ya con la construcción prometida.
Pero la constante convulsión política, que derivaba en constantes revueltas y batallas, provocó que menos de un siglo después, la catedral de León presentase un aspecto de deterioro muy avanzado.
Surgirá en este momento la figura del rey Fernando Primero de León, quien ayudado por la infanta Doña Urraca, se afanó en construir una nueva catedral, siendo consagrada en el año mil setenta y tres.
Ya entrado el siglo doce, el edificio se vio inmerso en una época de ebullición cultural en la ciudad al acceder al trono Alfonso nueve. Nuevas ideas y corrientes artísticas pusieron sus ojos sobre la catedral y se decidió emprender una nueva acción sobre el edifico.
La plenitud gótica queda reflejada en cada esquina de esta maravillosa construcción. Finalizada en el siglo catorce, y a pesar de la multitud de acciones que ha sufrido a lo largo de los siglos y problemas de sustentación que ha experimentado, sigue hoy presidiendo la ciudad con su majestuoso semblante gótico.
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