Entrar a la catedral de León supone sumergirnos en el esplendor y magnificencia del estilo gótico. Noventa metros de recorrido, desde los pies del templo hasta su cabecera, y treinta metros de altura que sobrecogen al visitante con la inigualable iluminación de sus vidrieras. Más de mil ochocientos metros cuadrados de vidrios coloristas en los que se entremezcla decoración de vegetación típica leonesa, con santos, profetas y reyes, formando un discurso uniforme con los característicos rosetones vidriados.
La planta se divide en tres tramos, desde la entrada hasta el transepto, y cinco desde él hasta el altar Mayor. Las tres naves están cubiertas con bóvedas de crucería cuatripartitas que descansan sobre grandes pilares que dividen a su vez el templo.
Las dimensiones del deambulatorio superan las habituales, lo cual no extraña ya que era un lugar muy visitado por los peregrinos a Compostela, y se necesitaban grandes espacios para acoger a todos. En este lugar se abren a su vez diferentes capillas con otras tantas advocaciones, para ser utilizadas por los fieles en sus oraciones.
En nuestra visita por la catedral, sentiremos en primera persona la grandiosidad constructiva del gótico, como expresión de una sociedad que avanzaba y caminaba dejando atrás épocas de mayor oscurantismo como sus predecesoras obras románicas.
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