Una modesta cruz de hierro, sobre un mástil de cinco metros, sujetado por miles de piedras. Ese es el aspecto que presenta este emblemático símbolo del Camino.
La primera piedra, de la multitud de ellas que podemos ver, y la cruz, fueron puestas por el propio ermitaño Gaucelmo, el fundador de Foncebadón. Desde aquel día, a finales del siglo once, este punto ha permanecido inamovible, recogiendo las piedras que los peregrinos dejan a sus pies para pedir protección en su travesía. Esta zona, conocida también como “el collado de las encrucijadas”, siempre ha estado envuelta en una mística particular. De hecho, los romanos tenían levantado un altar al dios Mercurio en este mismo lugar. También los segadores gallegos, en su paso hacia la recogida de las mieses en la meseta castellana, acostumbraban a arrojar una piedra, pidiendo que les ayudara en su regreso al hogar.
Desde hace unos años, la tradición del peregrino ha ido evolucionando. Junto al mástil de la cruz ya no vemos sólo piedras, si no también objetos personales de aquellos que han ido pasando por su lado. La intención, sin embargo, sigue siendo la misma: dejar constancia del paso y pedir la protección divina para completar el Camino. La cruz original, sin embargo, se conserva en el Museo de los Caminos de Astorga.
Desde sus mil quinientos cinco metros de altitud, la Cruz de Fierro es uno de los miradores más excepcionales que podamos encontrar. Las palabras se quedan cortas para representarlo con exactitud. Lo mejor, comprobarlo por uno mismo.

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