Tras un kilómetro de recorrido en el que los cultivos de trigo son la tónica dominante del paisaje, esta majestuosa encina rompe la monotonía del entorno. Durante años, ha servido de faro al caminante, y llama la atención por su gran copa y sus robustos troncos. Su presencia nos indica que vamos por el camino correcto y que tan sólo hemos recorrido poco más de un kilómetro, desde que salimos de Carrión de los Condes. Más adelante, a unos tres kilómetros, nos estará esperando un segundo ejemplar de esta especie, hoy protegida, que deslumbrará a los amantes de la naturaleza.
La encina es un árbol perennifolio o, lo que es lo mismo, que posee hojas durante todo el año. Proviene de la familia de las fagáceas, y es nativo de la región mediterránea.
Se caracteriza por ser de talla mediana, aunque puede llegar a alcanzar los veinticinco metros de altura. Su copa adquiere con el tiempo una forma redondeada y, sus hojas, de color verde oscuro por el haz, y más claro por el envés, están provistas de fuertes espinas: en su contorno cuando es joven y, en las ramas bajas, cuando se hace adulto.
Esta singularidad lleva, a los principiantes en la materia, a confundir esta especie con el acebo.
Su fruto, las bellotas, además de servir como alimento del ganado para conseguir, así, los sabrosos y codiciados jamones de bellota, son apreciados también para hacer carbón vegetal o curtir el cuero, entre otros usos.
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