La vida de los santos, mezcla de historia y leyenda, es uno de los capítulos más sorprendentes y curiosos de la tradición cristiana. El caso de los santos Fabián y Sebastián, cumple con todos los elementos necesarios de un relato de este tipo.
Fabián y Sebastián cuentan con una ermita levantada en su nombre en el pueblo de Riego de Ambrós. Una construcción sencilla pero acogedora, situada junto al albergue y una de las numerosas fuentes del lugar. Por supuesto, la simplicidad del edificio contrasta enormemente con lo intrincado de la vida de los dos santos, que vivieron épocas y condiciones muy distintas.
San Fabián era capitán de la guardia pretoriana. Un soldado muy eficaz y apreciado por el emperador, que desconocía su condición de cristiano. Las malas lenguas y las envidias lo denunciaron y el emperador le obligó a escoger entre su fé y la fidelidad al Imperio. San Fabián escogió el cristianismo y eso le valió la condena a morir torturado. Sin embargo, los más terribles tormentos no pudieron con él, volviendo a presentarse frente al emperador, recriminándole sus persecuciones a los cristianos. Fue azotado hasta que su cuerpo quedó prácticamente despedazado y, en esa ocasión, no pudo sobrevivir. Sus compañeros recuperaron el cadáver y lo enterraron en las catacumbas de Via Apia en Roma. Eso inició su culto, uno de los más antiguos del catolicismo.
El caso de San Sebastián, a pesar de compartir los elementos mágicos, es bastante distinto. Estando reunidas las principales autoridades de eclesiásticas para elegir al nuevo papa, una paloma descendió de los cielos para posarse sobre la cabeza de Sebastián. Fue así como resultó elegido papa, a pesar de que ni siquiera había sido ordenado sacerdote. Su papado duró catorce años, hasta que, en el doscientos cincuenta después de cristo, en la nueva persecución a los cristianos, ordenada por el emperador Decio, fue una de las primeras víctimas.
Dos historias distintas, que han quedado unidas en este pueblo de Riego de Ambrós, por la ermita erigida en honor de ambos.
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