Doscientos treinta millones. Esa es la cantidad de metros cúbicos de tierra, que los romanos removieron durante sus excavaciones en las cercanas Médulas. Una cifra tan descomunal que resulta complicado de visualizar, aunque suficiente para darnos una muestra de la riqueza mineral de los terrenos a los que nos acercamos, de ahí destaca la importancia que adquirió Astorga como núcleo de población más cercano, llegando a confluir en dicho punto cuatro calzadas romanas.
Sin embargo, antes de llegar a las montañas, en otros tiempos sembradas de oro, el trayecto discurre por los límites occidentales del páramo leonés. Una orografía más que conocida, con los cultivos de regadío habituales en las márgenes de los ríos. Serpientes de agua que marcan el cambio del paisaje. De un lado, la vega del río Tuerto, llana y cultivada; del otro, el inicio de los Montes de León, con colinas suaves que se elevan progresivamente, bañadas por el cauce del río Jerga.
La altitud se acerca ya a los novecientos metros sobre el nivel del mar, hecho que acentúa los contrastes de temperatura entre el verano y el invierno, y entre el día y la noche. Los aires del mediterráneo quedan ya muy lejos y el clima pasa a tener un marcado acento continental. Aunque mucho más seco que en las zonas más occidentales, en él se pueden apreciar las influencias de la Cordillera Cantábrica.
En la comarca, se puede comprobar la existencia de bosques poco frondosos, formando comunidades mixtas de encinas, quejigos y pinos. Esas arboledas son parte fundamental del hábitat de los pequeños mamíferos que viven en estos territorios, como la ardilla, el lirón, el topo, la marta, la garduña o el zorro. No faltan tampoco ejemplares de animales de mayor tamaño, como el jabalí, el ciervo o el corzo, y depredadores tradicionales de estas tierras, como el gato montés, el zorro o el lobo.

Doscientos treinta millones. Esa es la cantidad de metros cúbicos de tierra, que los romanos removieron durante sus excavaciones en las cercanas Médulas. Una cifra tan descomunal que resulta complicado de visualizar, aunque suficiente para darnos una muestra de la riqueza mineral de los terrenos a los que nos acercamos, de ahí destaca la importancia que adquirió Astorga como núcleo de población más cercano, llegando a confluir en dicho punto cuatro calzadas romanas.Sin embargo, antes de llegar a las montañas, en otros tiempos sembradas de oro, el trayecto discurre por los límites occidentales del páramo leonés. Una orografía más que conocida, con los cultivos de regadío habituales en las márgenes de los ríos. Serpientes de agua que marcan el cambio del paisaje. De un lado, la vega del río Tuerto, llana y cultivada; del otro, el inicio de los Montes de León, con colinas suaves que se elevan progresivamente, bañadas por el cauce del río Jerga.La altitud se acerca ya a los novecientos metros sobre el nivel del mar, hecho que acentúa los contrastes de temperatura entre el verano y el invierno, y entre el día y la noche. Los aires del mediterráneo quedan ya muy lejos y el clima pasa a tener un marcado acento continental. Aunque mucho más seco que en las zonas más occidentales, en él se pueden apreciar las influencias de la Cordillera Cantábrica.En la comarca, se puede comprobar la existencia de bosques poco frondosos, formando comunidades mixtas de encinas, quejigos y pinos. Esas arboledas son parte fundamental del hábitat de los pequeños mamíferos que viven en estos territorios, como la ardilla, el lirón, el topo, la marta, la garduña o el zorro. No faltan tampoco ejemplares de animales de mayor tamaño, como el jabalí, el ciervo o el corzo, y depredadores tradicionales de estas tierras, como el gato montés, el zorro o el lobo.

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