La lógica imperante en el siglo tres, establecía una máxima ineludible en la construcción de villas y ciudades. Si uno quería disfrutar de una relativa seguridad ante el riesgo de ataques, tendría que levantar una amplia y sólida muralla con la que poder proteger a sus ciudadanos en caso de amenaza.
Astorga, como importante núcleo de población ligado a la provechosa actividad minera, estaba constantemente en el punto de mira. Los romanos, en el siglo tres, edificaron una muralla de más de dos kilómetros de longitud por todo el perímetro de la localidad, manteniéndose este trazado original en las sucesivas reconstrucciones que se realizaron sobre ella. Sí variaron, y mucho, los materiales utilizados en función de las épocas, pero las piedras del trazado romano son hoy fácilmente distinguibles por tener una dimensión determinada y estar bien labrados.
Tras los turbulentos episodios de los que fue escenario Astorga, los cuales implicaron, en varias ocasiones, la destrucción de la ciudad, las murallas consiguieron llegar al siglo diecinueve en buen estado de conservación. La última repoblación que se había llevado a cabo con gentes provenientes de El Bierzo y la bonanza económica, habían ayudado a su reconstrucción. Sin embargo, a las murallas aún le quedaba otra dura prueba por pasar: la Guerra de Independencia. El uso de la artillería y el empeño, tanto de franceses como de españoles, en que Astorga no se convirtiera en plaza fuerte, causaron múltiples destrozos en su fisionomía.
El aspecto actual de las murallas fue forjado, en gran medida, en aquellos años de guerra. De los nueve cubos en el lienzo norte y diecinueve en el oeste con los que contaba a comienzos del siglo diecinueve, hoy tan solo sobreviven ocho en la parte occidental. Los enfrentamientos armados, también dejaron una enorme cicatriz en el muro, conocida como La Brecha, que sirve de acceso al centro monumental desde el barrio de Puerta de Rey. Del mismo modo cayeron las puertas del Obispo y de Hierro, así como el gran cubo del mirador. Sin embargo, a pesar de las pérdidas, las murallas siguen ahí, resistiendo, testarudas, ofreciéndonos estampas dignas del mejor cuadro, como cuando el sol se pone sobre el sector que queda a los pies del Palacio Episcopal.

La lógica imperante en el siglo tres, establecía una máxima ineludible en la construcción de villas y ciudades. Si uno quería disfrutar de una relativa seguridad ante el riesgo de ataques, tendría que levantar una amplia y sólida muralla con la que poder proteger a sus ciudadanos en caso de amenaza. Astorga, como importante núcleo de población ligado a la provechosa actividad minera, estaba constantemente en el punto de mira. Los romanos, en el siglo tres, edificaron una muralla de más de dos kilómetros de longitud por todo el perímetro de la localidad, manteniéndose este trazado original en las sucesivas reconstrucciones que se realizaron sobre ella. Sí variaron, y mucho, los materiales utilizados en función de las épocas, pero las piedras del trazado romano son hoy fácilmente distinguibles por tener una dimensión determinada y estar bien labrados. Tras los turbulentos episodios de los que fue escenario Astorga, los cuales implicaron, en varias ocasiones, la destrucción de la ciudad, las murallas consiguieron llegar al siglo diecinueve en buen estado de conservación. La última repoblación que se había llevado a cabo con gentes provenientes de El Bierzo y la bonanza económica, habían ayudado a su reconstrucción. Sin embargo, a las murallas aún le quedaba otra dura prueba por pasar: la Guerra de Independencia. El uso de la artillería y el empeño, tanto de franceses como de españoles, en que Astorga no se convirtiera en plaza fuerte, causaron múltiples destrozos en su fisionomía.El aspecto actual de las murallas fue forjado, en gran medida, en aquellos años de guerra. De los nueve cubos en el lienzo norte y diecinueve en el oeste con los que contaba a comienzos del siglo diecinueve, hoy tan solo sobreviven ocho en la parte occidental. Los enfrentamientos armados, también dejaron una enorme cicatriz en el muro, conocida como La Brecha, que sirve de acceso al centro monumental desde el barrio de Puerta de Rey. Del mismo modo cayeron las puertas del Obispo y de Hierro, así como el gran cubo del mirador. Sin embargo, a pesar de las pérdidas, las murallas siguen ahí, resistiendo, testarudas, ofreciéndonos estampas dignas del mejor cuadro, como cuando el sol se pone sobre el sector que queda a los pies del Palacio Episcopal.

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