¿Cuántas veces habremos escuchado esa frase tan repetida de “la naturaleza es sabia”? Seguro que muchas, aún así, siguiendo la senda del Camino, esa frase volverá a repetirse en nuestra cabeza muchas veces más. Al ver cómo los chopos se abren lugar en el terreno, cómo las liebres corren, casi invisibles, por los campos o las cigüeñas otean, plácidamente, desde los campanarios, no nos queda más elección que reconocer que hay cosas dignas de imitar en los animales. Si las cigüeñas han encontrado su lugar de descanso en San Martín del Camino, lo mismo podemos hacer nosotros.
Hasta San Martín, desde Villadangos, nos separan cinco kilómetros de recorrido por el páramo. Un páramo que pasa a llamarse Alto Páramo, pero que, para nosotros, mantiene la imagen de campos de cereales, terrenos de forraje, ovejas y la vista de las cigüeñas en lo alto. Sin embargo, no son estas las únicas aves que surcan los cielos de San Martín. Las choperas próximas al pueblo, son lugar preferente para el anidamiento de grajas. Aves que han compartido estos terrenos con el pueblo de San Martín desde su nacimiento, a manos de los francos. Un ejemplo más de población ligada al Camino.
En este enclave, envuelto en un clima muy seco, frío en invierno y caluroso en verano, encontraron los fundadores, el lugar ideal para levantar un pueblo dedicado al obispo de Tours, patrón de los peregrinos. Lo dotaron así de los medios precisos para atender a los que seguían la ruta del Camino, disponiendo de un albergue y un hospital propios. Hoy en día, del antiguo edificio médico sólo queda el solar en el que se ubicó, pero el albergue y la hospitalidad de San Martín siguen en pie para todos los peregrinos.

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