Una vez llegados a este punto, muchos peregrinos se hacían las mismas preguntas: ¿Por qué subir hasta aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo por alcanzar una cima que poco tiene que mostrar más que un pequeño pueblo? ¿Por qué, incluso, el duro peregrinaje me ha traído hasta estas tierras? A partir de estas dudas surgió el milagro de O Cebreiro.
En tiempos de los reyes Católicos, el párroco de O Cebreiro también se hacía sus propias preguntas. El gélido invierno y el manto de nieve mantenían prácticamente incomunicada a la iglesia del pueblo. Demasiado frío para que a alguien se le ocurriese ir a la iglesia, a excepción de los domingos y fiestas de guardar. ¿Para qué, día a día -se decía el cura- espero inútilmente a los feligreses? ¿Por qué celebrar la misa en esta completa soledad?
Estaba el párroco absorto en estos pensamientos cuando, al entrar en la iglesia y para su sorpresa, vio a un peregrino aterido de frío aguardando el oficio religioso. -Pobre hombre- pensaba al pronunciar las palabras del rito de memoria. – ¿Para qué arriesgarse a afrontar la tormenta?
Para su sorpresa, a la hora de consagrar el cáliz, notó que éste comenzaba a desprender calor. Abrió los ojos y contempló atónito el milagro de la transubstanciación. El vino se convertiría en la sangre y el pan en la carne de Cristo.
Cuentan también que en la visita de los reyes de Castilla y Aragón, Isabel la Católica quiso hacerse con la prueba del milagro, y llevarse consigo el cáliz que había albergado la sangre de Cristo. Sin embargo, los caballos que lo transportaban se detuvieron en Pereje, negándose rotundamente a dar un paso más. Presa del miedo, la comitiva dejó libres de riendas a los caballos. Los animales no hicieron sino retornar montaña arriba, de nuevo hacia O Cebreiro. En vista de esto, los Reyes Católicos decidieron que el cáliz se quedase en las montañas lucenses. Así, regalaron los pomos de cristal de roca y plata donde se ha guardado hasta hoy la reliquia, a la vista de quien guste visitar la iglesia de Santa María La Real de O Cebreiro.
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