Varias son las leyendas existentes en estas tierras tras el paso del eremita que habría de convertirse en obispo: San Froilán. Una de ellas explicaría la ausencia de conejos por el lugar.
Cuentan que los códices de San Froilán aparecían, día tras día, roídos. Colmada su paciencia, el ermitaño decidió permanecer ojo avizor para averiguar la causa de tal destrozo. No tardaría en descubrir a unos conejos mordiendo sus bellos manuscritos. Montando en cólera, les echó tal maldición que jamás se volvió a ver en estas tierras rastro alguno de conejos.
Dicen también que en uno de sus peregrinajes se topó con un lobo. El animal, hambriento de carne, se había acercado al lugar donde pacía tranquilamente su asno. El Santo, plenamente entregado en su meditación y oraciones, no reparó en la situación hasta que el lobo se abalanzó para devorarlo. Con tan sólo una mirada del santo, el animal se habría quedado encogido y receloso. Con palabras de amor y paz se acercó a él hasta quitarle el miedo al hombre y al fuego.
Es por ello que San Froilán es representado con un lobo a la vera de su pierna derecha. Sería  el lugar donde se colocaría el lobo a partir de ese encuentro, acompañando durante toda su vida al santo.

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