Antón Pombo, periodista, historiador y presidente de la Asociación Gallega de Amigos del Camino remarca en su libro “Crónicas del Camino” el importante papel de los árboles a lo largo de toda la ruta. Las palabras en su obra son claras como el agua: “saben estos árboles más de peregrinos que todos los estudiosos del presente, pues han ofrecido durante siglos su sombra y sus frutos a los caminantes, mientras escuchaban sus penas y sus alegrías”.

La presencia señorial de los árboles va a dominar todo este trayecto. El robledal de la Dehesa del Monte Oribio, en su ladera, no nos sacará ojo, como si vigilara que ningún peligro nos acechase. Del mismo modo, la propia entrada a Triacastela se realiza por una galería abrazada por los árboles. Sin embargo, antes de ese mágico momento, los troncos, las hojas, las cortezas y las ramas seguirán con nosotros.

En Filloval, primer pueblo tras Viduedo, debemos cruzar un túnel natural formado por ramas de avellanos. Después, el Camino continúa entre más árboles, llegando a As Pasantes, en cuyos límites hay unos espectaculares bosques de castaños centenarios. En Ramil nos esperan, para franquear la entrada del pueblo, los que son, probablemente, los más impresionantes ejemplares de castiñeiros de toda la ruta. Sus cambios de color y ropaje en las diferentes épocas del año, hacen que la llegada a la localidad parezca completamente distinta, según la estación en la que nos encontremos.

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