Los árboles, tan presentes a lo largo de esta parte del Camino, están tan enraizados en la cultura de esta comarca que se han hecho un hueco dentro de sus mitos y leyendas. Su constante presencia, sus sombras o el siseo de sus hojas, son elementos que han alimentado el halo místico que los rodea, siendo origen de historias fantásticas en torno a ellos.
Cuenta una leyenda, que en San Mamede, a un kilómetro del núcleo de Triacastela, tuvo lugar un hecho sorprendente, mágico, que llevó a la construcción de una ermita. Aparecieron allí unos troncos enormes, que impedían el paso a los pastores. Estos se organizaron para retirarlos, arrojándolos a un abismo. Sin embargo, al día siguiente, los troncos estaban de nuevo en su sitio. Volvieron los pastores a tirarlos a las profundidades del valle pero, a la mañana siguiente, inexplicablemente se encontraban allí otra vez. Y así, una y mil veces. Cada vez que los pastores los volvían a tirar, una vez, más los troncos aparecían en el mismo lugar. Finalmente, cedieron en su lucha y edificaron en este paraje una ermita en memoria de este suceso milagroso. Lástima que una cosa sean las leyendas y otra la realidad. Ojalá que en nuestros días cada árbol destruido o quemado, pudiera regresar con la misma facilidad.
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