El pueblo de Padornelo, de unos treinta habitantes, es la antesala al Alto do Poio que coronaremos en este trayecto. Situado entre empinados prados rodeados por tapias bajas de piedra, sus casas han sido levantadas a una altitud de más de mil cien metros sobre el nivel del mar.
Esta localidad de Padornelo, formó parte de las propiedades de la Orden de San Juan de Jerusalén. De hecho, ellos fueron los responsables de su levantamiento al calor de la Iglesia. Aunque, siendo rigurosos, habría que detallar que la donación de Oveco Sánchez al obispo Gelmírez fue la que permitió destinar, posteriormente, estos terrenos a los usos hospitalarios de la Orden.
Antiguamente, los vecinos que tenían sus casas dentro de la feligresía de San Juan de Padornelo, pertenecían a la jurisdicción del Monasterio Convento de Santa María de la Real en O Cebreiro. En la actualidad, los tiempos del dominio de la institución eclesiástica han pasado a mejor vida, pero la localidad continúa englobada en el municipio de O Cebreiro, lo mismo que la ganadería vacuna sigue siendo su principal actividad económica.
El Alto do Poio, en cambio, no forma un núcleo poblacional como tal. Su cima, punto más alto del Camino en Galicia, como ya hemos resaltado, ha sido el lugar para el establecimiento de mesones y hostales desde los primeros días del surgimiento de la ruta jacobea. Hoy en día, se mantienen activos un par de establecimientos hosteleros muy solicitados por los peregrinos. Sin duda, el haber superado un tramo tan exigente, donde se pone a prueba la resistencia del peregrino, hace crecer el hambre y la sed de modo exponencial. La comida, la bebida, el descanso y las espectaculares vistas actúan de reconstituyentes para todos los que llegan. Pocas vitaminas hay tan poderosas como la satisfacción de ver la prueba que se ha superado. Al llegar al final todo parece más sencillo.
Los habitantes de localidades como Padornelo, Alto do Poio, Hospital da Condesa o Liñares, así como de otros puntos de montaña como este, contaban con la ventaja de un pacto real. El rey les concedía privilegios, como la exención del servicio militar, a cambio de mantener arreglados los caminos y posteados para la señalización cuando la nieve arreciaban. Se libraban así las arcas reales de ese gasto y aseguraban que hubiese un aliciente para mantener la vida de estos distantes poblados.
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