Del paso por estas tierras de millones de peregrinos, rumbo a Santiago, saben mucho más que estudiosos, eruditos y sabios, todos los árboles que han estado en ellas, casi desde el principio. Robles, avellanos, castaños, abedules, encinas, sauces y muchas otras especies que han servido de cobijo, de sombra y apoyo a los que siguen la senda del Camino. Poseen el conocimiento del paso del tiempo, y eso no hay estudio que pueda igualarlo.
Este tramo, entre Viduedo y Triacastela, tiene un protagonista principal a lo largo de los siete kilómetros de recorrido: el árbol. Así será tras Biduedo, cuando alcancemos Filloval y, después, al dejar la localidad de Pasantes. Lo mismo en Ramil, donde serán unos castaños los encargados de darnos la bienvenida. Acompañados, en todo momento, por la silenciosa mirada de los árboles.
El terreno discurre, mayoritariamente, en descenso. Sobrepasaremos por completo la inmensa presencia del Monte Oribio, con tiempo para contemplar su espectacular dehesa en la ladera. Y es que cada vez que los árboles se abran a nuestro paso, las vistas será tan espectaculares como lo han sido desde el comienzo de la etapa.
Una etapa que pondrá su punto y final en Triacastela. Un pueblo, tan antiguo como la propia ruta jacobea, alienado en sus márgenes, que dispuso de varios hospitales y una cárcel de peregrinos, en la que aún se conservan las inscripciones hechas por algunos reclusos.
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