Un nuevo pequeño núcleo de habitantes vuelve a cruzarse en nuestro camino. Se trata de Furela.
Su situación es la típica de las pequeñas aldeas enclavadas en zonas elevadas como ésta, a casi setecientos metros de altura.
Forma parte de la parroquia de Santiago de Zoo, perteneciente al ayuntamiento de Samos, y no supera los cincuenta habitantes.
Como ya hemos podido observar en nuestro recorrido hasta aquí, Furela es uno más entre los innumerables y diminutos asentamientos que existen en el rural gallego. Casi perdidos en las montañas, parece que el tiempo se ha parado y la vida de sus gentes, sigue patrones casi perdidos en el pasado.
Su aislamiento de las grandes urbes, que dificulta la existencia de una mayor movilidad, así como una población de avanzada edad, han conseguido que el tiempo pueda sorprendernos aquí, con otra velocidad. Todo parece discurrir más despacio.
Los habitantes de Furela han desarrollado una economía de subsistencia, basada en el cultivo de sus propias tierras, y en el mantenimiento de unas pocas piezas de ganado, sin fines comerciales pero sí de consumo.
Casi todas estas pequeñas comunidades tienen su propia iglesia, influenciada por el Monasterio de Samos. En Furela podremos visitar la pequeña capilla dedicada a San Roque, que se encuentra algo alejada del núcleo rural.
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