Ese elemento tan típico de la arquitectura tradicional del noroeste de la península, los hórreos, ya comenzaron a hacerse muy habituales en las etapas previas. Seguirán, de todos modos, siendo protagonistas en esta, pero compartiendo escenario con los “almiares de heno” y los “cabazos” o “cabeceiros”.

Los almiares están formados por hierba cortada en verano y apretada en torno a un palo, de forma que la capa exterior endurecida hace un efecto impermeable, que mantiene seca la paja del interior. Los cabazos, conocidos como “el hórreo de los pobres”, consisten en una canasta de gran tamaño, tejida con ramas de sauce o retama, sobre un pedestal de piedra, con una cubierta con forma de cono, de paja o plástico, que sirve para conservar maíz o castañas.

Estos dos representantes del ingenio popular, muy capaces de cumplir su cometido, no pueden competir en valor patrimonial con los hórreos. En el descenso desde el Monte de San Antonio, junto a Portomarían, hasta Toxibó y Gonzar, nos encontraremos con un buen número de ellos.

Estos hórreos presentan la estructura típica, con una cámara, que guarda protegidas a las mazorcas de los roedores. Están, además, aislados de la humedad por los voladizos y aireados por los pasaventos, nombre en gallego de esas ranuras horizontales o verticales que se pueden observar en sus paramentos. En algunos de ellos se añadieron formas de arte culto, especialmente del barroco. Fue el gremio de los canteros quien introdujo esos elementos ornamentales, en los que se reflejaba la posición económica del propietario del hórreo. Para los tejados, en esta comarca, se ha

optado por la solución a dos o cuatro aguas, instalando cruces y remates de una gran variedad.

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