Resulta casi increíble, pero el Camino, cerca ya de Santiago, aún mantiene intacta su capacidad de sorprendernos. Kilómetros y kilómetros de pistas, sendas, cruceros, iglesias, plazas y bosques, no han agotado todo su abanico de novedades. La salida de Portomarín rumbo a Palas de Rei, final de la penúltima etapa, se realiza sobre una pasarela metálica que cruza un brazo del pantano, conocido como el arroyo de Torres. Un paso a una importante altura que no va a dejar a nadie indiferente. La magia del Camino en estado puro.

Una vez de vuelta en tierra firme, la ruta que nos guiará hasta el núcleo de Gonzar, a siete kilómetros de donde nos encontramos, comienza con un primer ascenso de un fuerte repecho hacia el Monte de San Antonio. Salvaremos el monte, bordeándolo, siempre en ligera pendiente, por su cara norte, a través de una pista de tierra y piedra que avanza entre robles y castaños.

Al alcanzar los terrenos de la fábrica de cerámica de Portomarín, el Camino se cruza con la carretera, para iniciar el descenso que nos llevará, primero a Toixibó, y luego a la localidad de Gonzar. Será a partir de esa bajada cuando aparecerán en el paisaje los bosques de repoblación de pino, así como los prados y los cultivos.

En el transcurso de esta jornada, las construcciones de arquitectura civil irán abandonando los tejados de pizarra, para dejar paso a la teja árabe tradicional. El paisaje está en constante movimiento, adaptándose a su entorno. De todos modos, seguimos en la parte gallega del Camino, eso nos asegura que el trayecto discurrirá por un laberinto de pistas, sendas, corredores y calzadas entre múltiples aldeas, muchas de ellas de apenas dos o tres casas. Estas son las entrañas de la Galicia Rural, con todo su encanto. Preparémonos a disfrutar de ello.

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