Sí, finalmente aquí está, la última etapa, la que nos llevará hasta el corazón mismo del Camino. Ya huele a Santiago de Compostela, su presencia se nota en el aire, como un viento invisible, pero que nos agita los cabellos. O el corazón. Es habitual el nerviosismo en los instantes previos a la consecución de las grandes hazañas, ese pánico al triunfo del que hablan los cronistas deportivos.
Nada de eso, calma, mucha calma. Tres exhalaciones profundas y a caminar.
A la salida de Arzúa, el Camino avanza entre viviendas y explotaciones ganaderas. Un continuo zig zag que no se detendrá hasta llegar a Santa Irene, casi dieciséis kilómetros más adelante. Pasos y pasos entre múltiples recovecos y estampas de gran belleza, con una amplia gama de verdes y tonos tierra.
En esta última etapa, es necesario tener en cuenta un detalle importante. La cercanía de Santiago hace que, en ocasiones, las ganas de alcanzar nuestro destino pesen más que las buenas prácticas que hemos mantenido durante todo el Camino. Esta última etapa es dura, sin casi cien metros de llano continuado, y puede convertirse en muy exigente. Mejor continuar con el ritmo más adecuado, cuidando los descansos y la alimentación. Puntos para recuperar fuerzas no nos faltarán, en este tramo se alternan, igual que las subidas y bajadas, los parajes naturales y las nuevas construcciones. Una muestra más del papel revitalizador del Camino.
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