El sonido del silencio puede ser sorprendente, como cuando todo el mundo se calla, de pronto, en medio de una reunión. Puede ser inquietante, como si cruzáramos por un cementerio bajo la luna llena. Pero también puede ser relajante, como una ola que nos llevara en volandas.
Este último tipo de silencio es el que nos va a acompañar de Santa Irene hasta Pedrouzo. Un trayecto de poco más de tres kilómetros, en suave y continuo descenso, por senderos rodeados de naturaleza. El aspecto del paisaje en todas direcciones será el de los prados salpicados de pequeñas arboledas, el cruce sobre un pequeño arroyo o los bosques de eucaliptos.
Antes de alcanzar Pedrouzo, pasaremos por los términos de Burgo y A Rúa, pequeñas poblaciones de casas aportaladas, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Según las crónicas, acogieron, hace siglos, un inmueble que hacía las veces de hospital de peregrinos y albergue. Al dejarlos atrás, continuaremos nuestro Camino por la parroquia de Arca, en la que nos encontramos desde la salida de Santa Irene.
O Pedrouzo, perfectamente dibujado sobre la línea del horizonte, será el faro que guíe nuestros pasos. En medio de este océano de verde y pastos, el peregrino es un marinero con un único puerto como destino: Santiago de Compostela.
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