Veintidós kilómetros hasta Santiago de Compostela. Esa es la distancia que nos separa del final del Camino, cuando nos acercamos a la localidad de Santa Irene. Este pueblo, englobado dentro del ayuntamiento de O Pino, con unos quince habitantes, fue, antiguamente, la sede de la casa consistorial del municipio. El edificio utilizado entonces con ese fin, es el mismo que hoy sirve de albergue para los peregrinos.
Esta población de Santa Irene ha sido tradicionalmente agrícola y ganadera, especialmente vacuna. El ritual de la siega y la “malla” está muy arraigado en su cultura, como uno de los actos más salientables del calendario. Del mismo modo, también ha estado muy arraigada en la región la emigración. De hecho, en la primera mitad del siglo diecinueve y durante la guerra civil, este fenómeno social provocó un importante descenso de la población. Eran tiempos en que apremiaba la necesidad de encontrar un futuro más esperanzador. Los destinos principales de los vecinos emigrados eran Cuba, Uruguay y Buenos Aires.
Hoy en día, casi en cada localidad del ayuntamiento de O Pino, pueden verse muestras de las aportaciones de los emigrados. Mudos testigos patrimoniales que hablan del compromiso mantenido con una tierra, a pesar del tiempo y la distancia. El objetivo era dotar al propio pueblo de aquello que le faltaba, para mejorar las oportunidades de las nuevas generaciones. Así, los edificios levantados con el capital llegado de ultramar tenían fines muy diversos: religiosos, públicos y culturales. Algunas de las escuelas del municipio, deben su existencia a esas remesas, como la de la Parroquia de Castrofeito.
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