La apariencia de Foncebadón no ha variado demasiado a lo largo de los siglos, desde la primera piedra de Gaucelmo, a las que hoy saludan el paso de los peregrinos. Las especiales condiciones de tributos y exenciones, que el rey Alfonso VI concedía a los que siguieran al ermitaño Gaucelmo en su empresa, atrajeron a algunos aventurados. El acuerdo era claro: mantener el paso del Camino cuidado, señalizado, tanto en verano como en invierno, y dar asistencia a los peregrinos; a cambio, la posibilidad de trabajar la tierra como propia y la ausencia de impuestos.
El atractivo estaba ahí, pero había otras cosas, contra las que ni siquiera el rey podía luchar. El clima seguía siendo de especial dureza en invierno, los suelos pobres y las distancias con otros núcleos de población grandes. Por eso, a pesar de haber salido adelante, Foncebadón nunca ha contado con una gran número de habitantes.
Hoy en día, sus vecinos, siete según el censo de dos mil siete, siguen cumpliendo rigurosamente su parte del trato. El Camino, a su paso por la cima del Monte Irago, sigue perfectamente señalizado y los peregrinos atendidos. El pueblo cuenta con albergue, mesón y ermita rodeando el empedrado de su calle principal. Actualmente, el clima sigue siendo duro y las tierras ásperas, pero eso no ha sido motivo suficiente para hacerlo desaparecer. Ahí sigue Foncebadón, fiel a su parte del acuerdo.
Aún no hay comentarios.
Suscripción RSS a los comentarios de esta entrada. TrackBack URL