Los horizontes infinitos de Castilla constituyeron una poderosa fuente de inspiración para los escritores de la Generación del noventa y ocho. Se toma la referencia de ese año del siglo diecinueve, en el que España perdió sus últimas colonias americanas, para dar nombre a este grupo de poetas, narradores y ensayistas españoles nacidos entre mil ochocientos sesenta y cuatro y mil ochocientos setenta y seis. La crítica y el pesimismo de sus plumas ilustró el sentimiento general de la España de la época, en plena crisis social y con el ego destrozado. Algunos de estos autores son: Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, Jacinto Benavente, Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Azorín, Ramiro de Maeztu o los hermanos Machado.
Se ha discutido largo y tendido sobre hasta qué punto pueden considerarse una generación histórica. De todos modos, es innegable que cuentan con características comunes. Una de los más importantes es que distinguieron en su obra la España real y miserable de la España oficialista y falsa. Así, hallaron en estos territorios de la meseta los pueblos deshabitados, polvorientos y paupérrimos por los que habían de interesarse, pueblos a los que amaban y valorizaban, cuyos paisajes y tradiciones contemplaban con la mirada del artista. Así, por ejemplo, le habla Antonio Machado, A un olmo viejo:
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
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