Al acercarnos a Foncebadón, nos sorprende, de pronto, el campanil de la Iglesia asomando sobre una pequeña colina. Como un gato agazapado que apenas mostrara las orejas, enseña al peregrino la cercanía del pueblo. Su visión dibuja en el rostro una mueca de satisfacción. Estamos cerca de la cima y hemos dejado atrás la mayor parte de la subida. Si continuamos unos metros, tenemos un lugar de descanso, donde podemos hacer un alto en el Camino y buscar el cobijo de su albergue, construido en la parte rehabilitada de la iglesia.
Este templo, fundado, como todo Foncebadón, por el ermitaño Gaucelmo, mantiene erguidas sus campanas, de forma casi milagrosa, en lo alto de la torre. En pie desde el siglo doce, las ruinas de la Iglesia dan muestra de la larga historia de la localidad, de su nacimiento para atender las necesidades del Camino, tanto las físicas como las espirituales.
No son los vestigios del campanario las únicas huellas que se mantienen visibles en Foncebadón. Los restos de la fuente, del antiguo hospital y algunas casas deterioradas, recuerdan que este pueblo no siempre tuvo el mismo aspecto. Esos mismos restos nos hablan de su empeño en permanecer.

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