Decir adiós a la ciudad de Burgos no es sencillo. No tanto por la dificultad del terreno, como por lo que dejamos atrás. Burgos es una ciudad llena de vida, con un patrimonio histórico y cultural del que no apetece despedirse. Pero hay que ponerse en camino, esta vez bajo la atenta mirada del Monasterio de las Huelgas. Una imponente construcción que vigila, como una madre orgullosa y triste, la marcha del peregrino hacia la inmensidad de Castilla. Cada una de las piedras que forman el Monasterio de las Huelgas guarda un pedazo de su historia. El peso de mil años de vida dividido entre todas ellas para que éstas puedan soportarlo.
Fue el deseo real de Alfonso VIII de Castilla y su esposa Doña Leonor, el que puso en pie el Monasterio. Sin embargo, la Historia nos recuerda, en voz baja, que fue la reina quien más empeño puso en la obra. Doña Leonor quería levantar un monasterio cisterciense femenino. Su intención era conseguir que las mujeres, al menos en la vida monástica, pudieran alcanzar los mismos niveles de mando y responsabilidad que los hombres.
El nombre completo del monasterio es el de Santa María la Real de las Huelgas. Estaba incluido dentro de la congregación de monasterios de monjas cistercienses de San Bernardo. Fue puesto en marcha por un grupo de monjas tras aceptar el papa Clemente III la petición de los reyes. Estas monjas procedían del Monasterio de Santa María de la Caridad de Tulebras, en Navarra, el primero cisterciense femenino que había en la península. Una de las primeras abadesas fue la infanta Costanza, hija de los reyes fundadores.
El monasterio consiguió adquirir una gran importancia. No en vano, la abadesa era quien daba las licencias para los sacerdotes. Gozaba de gran autonomía, sólo dependía del Papa y estaba por encima de la curia episcopal. La abadesa era dueña de su propio fuero, que incluía señorío jurídico y material. Podía dictar leyes, nombrar alcaldes, y su jurisdicción cubría a un buen número de monasterios. Todos estos privilegios se mantendrían intactos hasta el siglo XIX, cuando fueron suprimidos por el Papa Pío IX.
Durante la Edad Media, en el Monasterio de las Huelgas, se llevaron a cabo ceremonias tan importantes como las de coronar reyes y armar caballeros. Fueron coronados aquí Alfonso XI y su hijo Enrique II de Trastámara. Más numerosos fueron los reyes que fueron armados caballeros en estas dependencias antes de recibir sus coronas. Nombres como los de Fernando III El Santo, Eduardo I de Inglaterra, Alfonso XI de Castilla y León o Pedro I El Cruel, están ligados a la historia de la caballería a partir de la ceremonia celebrada en el monasterio.
Por supuesto, no hay que olvidar su importancia como panteón real y de nobles. Ese había sido el deseo original que movió a Alfonso VIII para iniciar su construcción, la de contar con un sepulcro real para él y su familia.

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