El Camino, en su paso de busca de Hontanas, cruza la carretera que separa las localidades de Iglesias y Olmillos de Sasamón. Nos llegan así reminiscencias de los turbulentos años de la cruel persecución contra los judíos en el reino de Castilla. Una época violenta, instigada por el celo de San Vicente Ferrer, que obligaba a los judíos a convertirse al cristianismo o sufrir castigos e, incluso, la muerte.
Esta desesperada situación llevó a un importante número de judíos a la conversión. Un fenómeno complejo, pero que dejó para la historia una anécdota tragicómica. Uno de los obispos de Burgos, Pablo de Cartagena, fundó una saga familiar que tuvo como sede el pueblo de Olmillos. Este curiosísimo personaje tenía como nombre real el de Salomón ha-Leví. Salomón provenía de una rica familia, en la que fue cuidadosamente educado en el Talmud. Con los años, formó parte de un importante grupo de intelectuales judíos, con puestos relevantes en algunos de los reinos cristianos. Además, Salomón, mantenía unas excelentes relaciones con eclesiásticos reformadores y tomaba parte en importantes relaciones diplomáticas.
Todo se vino abajo con el desencadenamiento de la persecución a los judíos. Salomón era entonces el rabino mayor del Reino de Castilla, pero las serias amenazas que pesaban sobre él lo llevan a elegir la conversión. Eligió como nombre de cristiano el de Pablo de Cartagena. Sin embargo, de nuevo su ingenio y habilidad para las relaciones al más alto nivel lo colocan en una posición de ventaja, entrando en el círculo de Avignon. Pedro de Luna, el futuro papa Benedicto XIII, es quien le concede el título de Obispo de Burgos. Así se cierra uno de los procesos de conversión más espectaculares de todos los tiempos: de rabino mayor a obispo.
Su conducta tuvo una influencia directa en la conversión de otros muchos judíos españoles. Pablo de Cartagena elige como símbolo familiar la flor de lis, señal de devoción por la Virgen María. No contento con eso, afirma que él y su hijo pertenecen a la misma tribu en la que nació la madre de Cristo.
Para reafirmarse en su postura, el obispo ideó un curioso modo de respuesta al Ave María:
“Santa María, madre de Dios, y prima de su excelencia nuestro Obispo, ruega por nosotros…”
Los fieles que utilizaban esta fórmula en los actos religiosos, recibían indulgencias por parte de Don Pablo de Cartagena. Evidentemente, el Obispo sabía lo que se hacía y no le gustaba dejar detalles al azar.
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