Siete siglos son muchos para un edificio. Y más aún para un estilo de vida. Imaginar una forma de comportarse y relacionarse con el mundo, que haya permanecido inmutable en lo esencial durante tanto tiempo, parece una quimera. En nuestra sociedad semeja que los cambios de suceden a increíble velocidad. Lo que hacemos hoy no se parece en nada a lo que hicieron nuestros abuelos, y no se parecerá en nada a lo que hagan nuestros nietos. Para las madres clarisas que habitan el Monasterio de Santa Clara, siete siglos son motivo de celebración. Actualmente celebran su prolongada permanencia en esta villa, Castrojeriz, y el mantenimiento de una forma de vida.
El Monasterio había nacido en Tablín, en el término de Castrojeriz, fundado por el rey Alfonso décimo El Sabio, en el año mil doscientos cuarenta y seis. La propia petición del pueblo y la bula papal concedida permitieron, sesenta años después, su traslado a apenas un kilómetro de la villa. Desde entonces, las monjas han mantenido su vida franciscano-clarisa. Proyectos muy populares en la región, como los de la lavandería y la pastelería del Monasterio han servido para asegurar su sustento material.
La iglesia del Monasterio es de comienzos del siglo catorce. Su única nave sigue el estilo conventual, con predominio de las formas ojivales. Cuenta con un ábside poligonal de cinco tramos, embellecidos por tres ventanales rasgados. Las bóvedas son todas de crucería sencilla. El templo está presidido por una hermosa talla de la Inmaculada del siglo dieciocho.
El claustro tiene carácter neoclásico, con una interesante cripta del gótico puro. La sala Capitular está presidida por la bella imagen de la Virgen del Capítulo. A lo largo de sus siete siglos de vida, el convento ha sido objeto de varias restauraciones, pero su esencia, como la de las madres clarisas, sigue siendo la misma desde su nacimiento.
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