A nuestro paso por León, encontraremos restos de lo que fue la muralla romana de la ciudad. Hoy poco queda de aquella fortificación que la cerraba, defendiéndola así, ante posibles ataques enemigos.
Fue en el siglo uno antes de Cristo, en tiempos del emperador Augusto, cuando se decidió edificar un primer cinturón defensivo de la villa. Tenía unas dimensiones aproximadas de unos cinco metros de alto por tres de ancho. Sencillos muros de madera, rellenos con tierra del foso excavado en la parte exterior, pero suficientes para resguardar a este pequeño campamento militar que por entonces era León.
Durante la dinastía Julio-Claudia se diseñó una nueva muralla que abarcó un espacio mayor. Realizada con materiales similares a su predecesora, se le añadieron varias zonas almenadas para una mejor defensa.
En el siglo dos, la madera, dejaba paso ahora a la piedra. Se conservó su altura, unos seis metros y el grosor disminuyó a dos metros. Con el fortalecimiento en piedra de este elemento defensivo ya no se consideraban necesarios los fosos delante de la muralla.
La última intervención se fecha en los primeros años del siglo cuatro. De hecho, se decidió levantar una nueva y los restos que vemos actualmente en León se corresponden a este momento del Bajo Imperio romano. Con diez metros de alto y cinco de ancho, se construyó con cuarcita y sillería y en ella se levantaron torres semicirculares adosadas a la muralla que servían como puntos de vigilancia.
A pesar de haber sufrido restauraciones y reformas a lo largo de la historia, su estado de conservación en esta zona nos permite apreciar la colosal construcción romana.

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