Desde la antigüedad, el ser humano ha mirado con envidia a los pájaros. Resultaba difícil de aceptar, para una especie que descubrió el fuego, inventó la rueda y terminó modelando el entorno, que los cielos quedaran fuera de sus dominios. Desde Ícaro hasta Dumont y los hermanos Wright, nuestra especie ha querido imitar a los pájaros.
Siguiendo la senda del Camino por lo páramos de Castilla, el vuelo de los pájaros se llena de majestuosidad. Alternando zonas de ascenso y descenso, coronando mesetas y bajando por pistas de tierra, la sombra de las aves nos recuerda quién domina realmente estos territorios.
Por encima de estas superficies, que alternan cultivos y pastizales, las aves rapaces tienen perfectamente delimitados sus espacios de caza.
Águilas, cernícalos y milanos vuelan, con sus alas ampliamente desplegadas, en busca de perdices y pequeños mamíferos de los que alimentarse. Contemplarlas en pleno descenso es absolutamente espectacular. Utilizando sus garras como afiladas pinzas, pueden atrapar a sus presas a una gran velocidad, sin dejarles ni una opción de escapatoria. Sus picos, duros, curvados y acabados en punta, están diseñados para abrirse paso entre las carnes de sus trofeos. Con aves rapaces tanto diurnas como nocturnas, la amplitud del páramo es un terreno peligroso para las largas travesías. Por eso abundan las madrigueras y hoyos bajo tierra en los que roedores y otros pequeños mamíferos buscan cobijo al descubrir el vuelo amenazante de los depredadores.
En estas zonas, por las condiciones ideales que tienen para estas aves, se practica, en buena medida, el arte de la cetrería. Una técnica que, como tantas, nos ha llegado casi intacta desde la Edad Media.

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