Si hay un personaje histórico que tiene su vida ligada al Monasterio de las Huelgas, ese es Pedro I de Castilla. No en vano, vino al mundo en la propia torre defensiva del monasterio y fue armado caballero en la sala capitular.
Pedro I de Castilla, conocido como “El Cruel” por sus detractores y “El Justiciero” por sus defensores, posee una historia personal llena de enfrentamientos, venganzas y fructíferas alianzas. Coronado rey en 1350, cuando tenía tan sólo 16 años de edad, estuvo envuelto en luchas durante todo su reinado. Este tipo de disputas, tan comunes en aquellos tiempos, fueron una de las marcas más reconocibles de su reinado.
A pesar de que los episodios más sangrientos de su vida siempre han sido los más conocidos, es necesario reconocer que fue un rey muy valorado por su pueblo. En todas esas disputas y venganzas internas, la población veía una justa condena contra los miembros más avariciosos de la nobleza.
Bajo su mandato, la corona de Castilla vivió un periodo muy fructífero para las artes y las letras. Además, sus relaciones con la comunidad judía fueron muy positivas, algo muy salientable, teniendo en cuenta la época a la que nos referimos.
Sin embargo, ser rey significaba atacar y defenderse. Luchas y disputas continuas por territorios y riquezas, que terminaban desencadenando el sonido de las espadas sobre el campo de batalla. Ahí, Pedro I cosechó victorias y derrotas, pero eran las debacles de sus ejércitos las que desencadenaban sus temidas venganzas. Así fue como maquinó sus maquiavélicas venganzas. No le tembló el pulso al ordenar el asesinato de la reina viuda Doña Leonor, madre de Don Fernando.
Los enfrentamientos con sus propios familiares fueron épicos. Fue el responsable de la muerte de su hermano Fadrique, y además, tras la derrota sufrida en la batalla de Araviana, ordenó el asesinato de sus hermanos bastardos Juan y Pedro. Se aseguraba de ese modo el eliminar competidores a su hijo Alfonso.
Una historia tan llena de intrigas, conjuras, traiciones y luchas fraternales como la de Pedro I no podía tener un fin apacible. A los 35 años de edad, el rey de Castilla encontró la muerte a manos de su propio hermano, Enrique de Trastámara. Los dos se enzarzaron en una violenta disputa, pero la intervención de Duglescín, un mercenario a las órdenes de Enrique, desequilibró la balanza. Sus palabras quedaron para la historia de la corona: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Fue así como se puso fin al reinado de Pedro I de Castilla.

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