Una vez sumergidos por completo en la meseta castellana, descubriremos a un nuevo compañero de camino: el silencio. Un silencio que llega a hacerse muy grande. Una presencia, como la monotonía del paisaje, que se rompe con la vitalidad del río. Algo así como un chiquillo travieso que juega a desordenar la habitación, cambiando los colores de la tierra allí por donde pasa, con una pincelada de agua como la del Río Ubierna, de unos cincuenta kilómetros de longitud.
La pincelada es algo más débil en su nacimiento, en el Páramo de Masa, aunque va ganando en vigor a lo largo de todo su recorrido por la provincia de Burgos. El cuadro, rico en tonos ocre, está completo cuando pasa bañando Tardajos, antes de que su cauce desemboque en el río Arlanzón.
Al igual que al contemplar un hermoso cuadro, es necesario distanciarse unos pasos para apreciar toda su belleza, igualmente, con cada paso, vamos siendo capaces de comprender el papel que juega el río. El Ubierna como agente transformador del paisaje que nos rodea.
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