Dejadas atrás las reminiscencias místicas de la orden de San Antón y su monasterio, nos quedan apenas tres kilómetros hasta alcanzar Castrojeriz. El camino se interna en este punto en el valle del Odrilla, un terreno amplio y rodeado de montes de cresta plana, entre los que se encuentra el cerro sobre el que se asienta la villa. En su punto más alto, las ruinas del castillo visigodo no pierden detalle de todo lo que sucede a sus pies. Tal y como llevan haciendo desde los tiempos de las encarnizadas luchas de la Reconquista de la Península.
El Camino continúa por una carretera sombreada sin arcén hasta la entrada de la ciudad. No se interrumpe al adentrarse en Castrojeriz, si no que continúa, metro a metro, por su calle peatonal, que pasa por ser la calle más larga del Camino. Todo el importante conjunto histórico, monumental y artístico de la villa, sirve como colofón a una etapa cargada de historia, leyenda y tradición. Cualquiera de los destacados elementos de patrimonio cultural, como la Colegiata de Nuestra Señora del Manzano, la Iglesia de Santo Domingo, la de San Juan o el Palacio de los Condes de Castro, sería un perfecto final para esta travesía, que nos ha traído desde Burgos a Castrojeriz.
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