La meseta castellana, casi inevitable compañera de viaje hasta la llegada a los Montes de León, sólo cambia su maquillaje por las vegas de los ríos. De Burgos a Villalbilla tenemos algunas oportunidades de comprobarlo. Las vistas de la amplia llanura, con cultivos extensivos de cereal, permanecen intactas en la distancia. Pero es en los márgenes de los ríos donde la naturaleza encuentra un húmedo remanso. Es así como brotan cultivos más diversos y bosques de ribera, tal y como sucede a lo largo del río Arlanzón.
El Camino de Santiago, entre Burgos y Villalbilla, transcurre a lo largo de tres kilómetros por la vega del río Arlanzón. El propio río será nuestro guía hasta el mismo pueblo, ya que no abandonamos su ribera en ningún momento. El Arlanzón nace en la Sierra de la Demanda, al norte de la provincia, muy cerca del Pico de San Millán, a dos mil ciento treinta y dos metros sobre el nivel del mar. Antes de desembocar en el Arlanza, pasa por la ciudad de Burgos, con su caudal regulado por los embalses de Arlanzón y de Uzquiza. Un total de ciento quince kilómetros por el norte de Castilla y León, formando parte de la Cuenca del Duero.
El Camino de Santiago salva el cauce del río Arlanzón por un puente construido para el paso de los peregrinos. Una muestra más de la importancia de la ruta jacobea como elemento transformador de la historia, el paisaje y la sociedad. En el conjunto del trayecto, cruzamos, casi a partes iguales, terrenos de cultivo y bosques de chopos. Árboles testigos del paso de tantos y tantos peregrinos que han seguido, durante siglos, esta ruta que hoy hacemos.
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