Caminando calle abajo por la Avenida Alfonso X El Sabio, cuando ya se adivina el blanco luminoso de la Casa Cerdá o se intuye el campanario de la Catedral, otro edificio llama nuestra atención. Un juego de volúmenes y alturas, con todas sus paredes hechas de ladrillo visto, acoge la Iglesia de Santa Ana, adosada al monasterio del mismo nombre. Un templo reconvertido en varias ocasiones y que debe su apariencia actual a las obras llevadas a cabo en el siglo XVIII.
Sobrepasando la iglesia, se abre una pequeña plaza que comparte nombre con el templo y el monasterio. Levantada sobre planta de cruz latina con capillas laterales, tiene como elemento destacado la gran cúpula que cubre el crucero. La portada principal, situada en esta misma plaza, da al lado del evangelio y está compuesta de dos cuerpos. En el inferior tenemos el arco de medio punto, coronado por un ángel con el escudo de las dominicas en el centro del entablamento. El superior, en cambio, es un ártico con una hornacina que resguarda las imágenes de Santa Ana y la Virgen Niña.
En su interior abundan los detalles decorativos lineales, con lazos y formas vegetales. En medio de toda la ornamentación, sobresale el presbiterio rectangular con dos portadas de piedra como remates. Otra portada, en el lado derecho del crucero, sirve de coro bajo, decorada con pirámides y bolas.
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