Nuestros sentidos tiran de nosotros en casi todas direcciones. Lógico, ya que en esta Plaza de Santo Domingo se encuentran varios elementos arquitectónicos muy destacados. En medio de tanta joya en piedra, resalta la poderosa presencia de la naturaleza. El centenario ficus, plantado en el año 1893, emerge en la parte central. Un árbol cuyas raíces se dice que llegan hasta la Plaza Circular, a más de medio kilómetro en dirección norte.

A los pies del ficus, el busto del “Apóstol del Árbol”, del ingeniero Ricardo Codorniú, uno de los grandes defensores del medio forestal. Siguiendo la mirada del maestro, nos hallamos con la iglesia de Santo Domingo. A cada uno de sus lados, la Casa Cerdá, coronada por una llamativa cúpula, y el Palacio Almodóvar, completan un conjunto monumental de gran valor, en el que tampoco nos podemos olvidar de la Casa Palacio de los Pagán o el Banco Central.

Es habitual que esta plaza peatonal, adoquinada, muestre una cierta actividad. La vitalidad de las terrazas recuerda al murmullo de los tiempos pasados, en los que la Plaza del Mercado, tal y como era conocida antaño, servía de centro comercial abierto. En ella, se vendían, compraban o intercambiaban productos, destacando las operaciones relacionadas con la sal. En los días de fiesta, además, se vestía de gala, siendo el punto de reunión para las celebraciones de los diversos eventos festivos.

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