De paso hacia el embalse, cruzamos el pueblo de Castiñeiras, un pueblo con pocos habitantes en el que esperamos experimente las mismas sensaciones que el dramaturgo argentino Roberto Arlt viendo escenas de la vida de las mujeres en el campo.
Así ilustró sus emociones: “Algunas recolectan patatas, y otras siegan con una guadaña, una tercera avanza por el camino, la cabeza cargada de un monte de hierba, otra, al frente de un carro de bueyes, se pierde por el camino, que se hunde en la tierra, serpentea en los maizales y se tuerce hacia una casona de piedra. El invierno gallego es cruel. A veces llueve dos meses continuos, y las campesinas no por eso interrumpen sus labores agrícolas. Examinándolas de cerca, cubiertas de tierra, las manos callosas, el rostro avellanado, surcado de tremendas arrugas, es imposible atribuirles edad. Hasta las viejas, trajinan en el campo”.
Recordando escenas rurales, nos adelantamos por la misma vía de camino al río.
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