A finales del siglo dieciocho, algunos municipios de la bahía del Txingudi explotaron las aguas del mar y el río para crear balnearios y centros de talasoterapia, a modo de reclamo turístico. Pese a que Hondarribia nunca contó con una instalación que ofreciese este tipo de servicios, supo sacar partido de su atractivo para las compras, al estar situada en la frontera. Franceses en la búsqueda de precios más asequibles y españoles interesados por el estilo francés se convirtieron en asiduos visitantes de la villa.
El impulso definitivo al comercio local y al establecimiento de Hondarribia como punto de veraneo, se produjo tras la apertura de la línea de ferrocarril Madrid-Hendaya a finales del siglo diecinueve, que ya llegaba hasta Irun en mil ochocientos sesenta y cuatro. Así, los primeros turistas llegaron a Hondarribia en busca del mar y de la vida apacible de la villa, a pesar de que la oferta hotelera de la ciudad por aquel entonces no fuese demasiado amplia. A esta explosión estival están muy ligados los dos ensanches llevados a cabo en Hondarribia.
Los principales visitantes durante la época veraniega eran habitualmente personalidades con altas posibilidades económicas, como marqueses, duques y ministros. Asimismo, eruditos de la talla de Ortega y Gasset o Gregorio Marañón se convirtieron en dos de los más ilustres veraneantes de Hondarribia. Hoy día sigue siendo un importante destino, como se puede observar por la existencia de la Compañía Mixta en el Alarde, desde mil novecientos cuarenta, también llamada “de los veraneantes”.
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