Desde la esquina de las Calles Iglesia y Fermín Calbetón, veremos el magnífico palacio de los Arbelaiz. Sus habitaciones albergaron a importantes personalidades como Enrique Tercero de Francia, Catalina de Medici, o Carlos Cuarto, entre otros. Este edificio fue víctima del incendio que cubrió de llamas Irun en mil novecientos treinta y seis, al poco tiempo de comenzar la Guerra Civil española. Fue reconstruido, con posterioridad, pudiendo presumir hoy de haber sido declarado Monumento Histórico-Artísitico Provincial, en febrero del año mil novecientos sesenta y cuatro. Se trata de una edificación renacentista del siglo diecisiete, de planta rectangular, construida en piedra de sillería, cuya autoría se le atribuye al arquitecto italiano Tiburzio Spannocchi, constructor de las murallas de Cádiz, A Coruña y Hondarribia, quien dejó descendencia ilegítima en esta última ciudad. Presenta una portada barroca, con una puerta flanqueada por dos columnas dóricas que sostienen un entablamento con un friso de triglifo y metopas. En la parte superior, un frontón partido enmarca el escudo de los Arbelaiz. En el zaguán, podemos observar una lápida que recuerda los nombres de los personajes ilustres que allí se hospedaron.

Del edificio original sólo se conserva intacta la fachada principal que antes estaba en la parte trasera. Los amplios jardines de la parte posterior de este palacio forman, hoy día, el parque de la Sargía, en uno de cuyos extremos se encuentra el frontón Uranzu y en otro, otro escudo de la familia propietaria del palacio.

La familia Arbelaiz fue una estirpe que destacó por su posición en la vida política y social de Irun, dadas sus estrechas relaciones con la corona española.

Durante años, sus miembros ejercieron labores diplomáticas y de espionaje para los monarcas, así como el oficio de correos mayores de Gipuzkoa. Fundaron mayorazgo y sus descendientes fueron Caballeros de la Orden de Santiago y regidores, diputados o contadores, entre otros cargos de prestigio municipal.

Su oficio de correo mayor lo disputaron con los Tassis, lógicamente por los dividendos económicos que suponía. Por las manos de los correos mayores pasaba un gran volumen de información sensible ya que por aquel entonces, todas las cartas y las valijas debían franquearse. El franqueo era una especie de subcontrata que el rey vendía al mejor postor, permitiéndole sacar pingües beneficios. Juan de Arbelaiz, que fue, hasta mil setecientos seis, el quinto y último correo mayor. Poco tiempo después, la corona suprimiría el oficio en la península y ultramar, por falta de recursos, y pasaría a gestionar directamente el franqueo. Podemos decir que sería este el precursor del actual servicio de Correos.

Como curiosidad, cabe apuntar que el color amarillo de Correos proviene, precisamente, del sello familiar Thurn und Taxis, del mismo modo que los taxis que todos conocemos hoy, deben su nombre y, en algunas ciudades, su color, a este apellido germano.

Puede aprovechar para adentrarse todavía más en la historia de esta antigua casa del carlista Tirso de Olazábal, primer conde de Arbelaiz, visitando, en su parte baja, la Cafetería Palace, donde podrá saborear su rico café acompañado de unos elaborados e imaginativos pintxos, un lugar apto para quienes buscan tranquilidad en familia o en su trabajo, gracias a la conexión wi-fi gratuita. También para aquellos que quieran tomarse una copa hasta horas intempestivas o, simplemente, para los amantes de la historia, que no quieran perder la oportunidad de disfrutar de los encantos propios de un palacio del siglo diecisiete, con sus espaciosos jardines, antiguas cocinas y enigmáticos pasadizos, que aún pueden observarse en la bodega del establecimiento.

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